
La rutina entró anoche por la ventana de mi habitación y se adhirió a mis neuronas en forma de insomnio. El reloj de mi cocina se oía clikear contando los segundos que separaban mi cuerpo y mi mente de la vuelta a la rutina laboral. Las sábanas se pegaban a mi cuerpo de una manera extraña como si conociera el destino de mis poros unas horas después.
La oficina estaba excesivamente tranquila, la mesa impoluta y las caras de mis compañeros, la mitad de sus caras – pues no estaban a pleno rendimiento - parpadeaban en sus escritorios puesto que las bombillas neuronales aún no se han encendido en todo su esplendor.
Me senté, pulsé el botón que da vida al ordenador y noté como el disco duro borró en un instante todos los recuerdos que tenía de mi época estival. Maldito Gates – me dije – en el momento en que mi CPU ha sentido el vibrar de tus herramientas me he reseteado como un complicado PC. Ahora lo estoy bombardeando. Ya he introducido 200 fotos de mis vacaciones. A ver quién puede más.
Es curioso como el trabajo nos absorbe, cuatro días trabjando y las vacaciones me parecen lejanas, lejanas, lejanas....
5:26 p. m.