Enología sexual

Llegada a casa tras una jornada de apático trabajo me dispongo a abrir una botella de vino. Blanco, seco y joven. Mis prisas, mi afán por deleitar a mis papilas gustativas, mi auténtica sed, mi cierta necesidad de consumir alcohol de manera moderada desde hace 15 años me llevan a no actuar correctamente. En lugar de, con cuidado y esmero, recortar el plástico que rodea al, a veces, femenino cuello de la botella, decido introducir la saga ondulada en el corcho atravesando de manera irrisoria el plástico dorado. Conseguida esta acción libro a la botella de la penetración del corcho y al hacerlo, el plástico rígido desgarrado se enfurece propinándome un profundo corte en la yema del dedo.
Sin más dilación suelto la botella y la miro con descaro y a la vez con ignorancia preguntándome como un objeto inanimado me puede causar tanto terror. Tras esto viene el grito interno: el susto. El vino ha tornado de blanco a un color rosado. Mi mano está ensangrentada y el olor al fluido lo tengo impregnado en mi ropa. Vuelvo a mirar el objeto inanimado y no logro dar con la causa de tal actitud hacia mi cuerpo.
Me lavo la mano, estrujo mi dedo me cambio de ropa y acudo de nuevo a la cocina para charlar, sin descaro, con la botella.
Yo hablo. Ella calla. De vez en cuando emite un leve silbido debido a las burbujas pero con ello no encuentro repuesta a mis plegarias.
Tras unos minutos observando el vidrio, ya totalmente inanimado y sin burbujeo, le comprendo. Hay actos que son sagrados y yo debería haber respetado que la copulación entre el corcho y la botella es algo muy íntimo que no puedo desvanecer a mi antojo.