
Un click de ratón abrió en mí un mundo nuevo por descubrir. Un planeta que, sin saberlo, acabaría enganchándome hasta el punto de que perdí mi dedo índice. Como un niño que asoma en una ventana entreabierta, el Boletín Oficial de la Provincia me descubrió un mundo oculto en el que poder imaginar, dibujar facciones, colores de vehículos y grandes paisajes.
Cada mañana, cual ansia del fumador que desayuna un pitillo, encendía el ordenador de la oficina para dibujar mi fantasía mañanera.
Imaginaba que los terrenos desafectados para hacer carreteras correspondían a alguna anciana que, desolada, lloraba tras recordar que su marido pasó allí con el tractor cientos de soles. Dibujaba los perfiles de los vehículos que habían sido multados y veía a los propietarios en su interior comiendo sándwiches de cangrejo, fumando cigarrillos, enfureciéndose con las noticias que escupían las radios o produciendo un cálido y jugoso beso.
Sin poder parar de imaginar buscaba más droga en forma de letras oficiales para suplir mi deseo. Contabilizaba los sueldos que se habían puesto los políticos, a los que imaginaba de color verde chillón y con orejas puntiagudas, y leía las sanciones que se habían ejecutado por verter residuos a los ríos. A éstos, los imaginaba grises, con textura de chicle y tan humeantes como el cigarrillo que me fumaba mientras una parte de mi pupila vigilaba que nadie me viera. Mi ojo trabajaba tanto como yo. Lo curioso era que no lo hacía por si me pillaban fumando, sino por si alguien observaba el aburrimiento que me otorgaba la primera hora de la mañana mientras esperaba a que el gasoil cafetero entrara en mi interior. Un día te leí. Mira a ver, quizá te hayan enviado una carta notificándote que no se puede ir por la calle sin una sonrisa.